Bienvenida
Hoy, más que nunca, me queda claro que la vida no necesita de discursos, ni conceptos, ni de decisiones. Somos un medio de la vida. Su medio más complicado y, a la vez, encantador, en su ingenua soberbia. Nada más soberbio que actuar pensando que la razón es una facultad que funciona por fuera del cuerpo; nada más ingenuo que considerar que nuestros pensamientos le otorgan alguna finalidad a la vida, la propia y la de los otros.
La vida toma sus propias decisiones, azarosas
y orgánicas, sabias en su entropía. Nosotros somos las decisiones de la vida; somos
las decisiones de la genética en esa lucha intensa por ser, por seguir siendo y
transformarse constantemente en versiones nuevas de sí misma. Que, en
ocasiones, las decisiones aparentemente racionales que tomamos coincidan con un
hecho bienaventurado o adverso para nuestras fugaces aspiraciones, no quiere decir que eso valide lo que pensamos o los
complejos y profundísimos discursos que nos inventamos. Cuánto sufrimos, a
veces –y más ahora que existe esta presión por tener que estar constantemente
seguro, decidido y autodefinido– con eso de tomar decisiones según nuestro
criterio y nuestra escala de valores que, adicionalmente, debe estar
fundamentada en un edificio de conceptos y categorías. La vida es la vida con o
sin nuestra razón, con o sin nuestra ingenua soberbia de creer que tenemos que
andar decidiendo y actuando a favor o en contra de algo. La vida no tiene sino
un solo principio: nacer, resistir y extinguirse.




Lloro. Así es, preciosamente orgánica.
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