Heat (1995), de Michael Mann: búsqueda de la liberación
Heat (1995), de Michael Mann: búsqueda de la liberación
Hace unos días publiqué un texto sobre la búsqueda de la libertad en dos películas de Darren Aranofsky. Acabo de ver ese pedazote de película que es Heat (1995), de Michael Mann, y también encuentro el tema de la libertad y, más específicamente, la búsqueda de la liberación cuando reconocemos que tenemos una personalidad, un deseo de vivir de una manera genuina y que, a pesar de ello, deseamos profundamente ser amados y poder amar bajo nuestras propias reglas. Esa búsqueda de la liberación, aquí, es visual y se sostiene con un guion hermosamente construido.
Visual porque cuando los personajes están en momentos decisivos de su búsqueda, las imágenes se sostienen mediante planos contra planos y planos medios para ubicar a cada individuo en su subjetividad y en su deseo de ser comprendido, o bien, de legitimar sus decisiones.

Las parejas hablan y el plano les da su espacio, no obstante la violencia de estos hombres de acción siempre se impone ante la mujer que desea y que ama. El hombre siempre está, respecto a su pareja, en un nivel más alto. Es una posición ubicada con violencia.
Por su parte, las magníficas escenas de acción son dinámicas, como deben ser las escenas de una típica película policiaca. No obstante, en Heat uno encuentra un dinamismo que emociona desde adentro, desde las entrañas, porque cada movimiento y cada acción son definitivos. No se echa bala porque sí, no se maneja en avenidas a la loca por correr, no se vuela un helicóptero para mostrar la máquina. No, aquí todo tiene una razón de ser. Hay planos generales en escenas donde hay mucha acción corporal, está el engaño hermoso de planos casi teatrales que van directo al inconsciente y vi un momento único de una cámara subjetiva en un asesinato significativo y definitivo para la historia. Nada, nada está ahí porque sí. Los movimientos de la cámara en las escenas de acción bélica son, también, violentos, veloces, zoom ins y zoom outs; son una metáfora del corazón de estos hombres que han decidido la violencia, las armas, los robos o perseguir criminales porque su espíritu es así, porque es la manera como se sienten vivos, como han aprendido a construir una relación de confianza y de certeza de sí mismos y, a la vez, como han construido relaciones de amistad, estabilidad económica y de amor.
Evidentemente las relaciones en esta historia son un desastre: mujeres dependientes y hombres violentos, mujeres que desean ser amadas y atendidas y hombres que dependen del amor de esas mujeres que dicen suyas; mujeres que desean la violencia de esos hombres; y hombres que exigen el mayor sacrificio de las únicas mujeres a las que puedan amar. Es el desespero y la ansiedad del que no encuentra cómo encajar el amor dentro de la libertad. Y no lo encajan porque el amor es dejar al otro ser libre. Pero nuevamente aquí la liberación se la juega el destino de dos maneras distintas para cada protagonista y el amor es posible para uno pero para el otro no. Uno terminará afianzando su vida, el otro lo hará pero con la muerte.
¿Hay algo más bello que ver un escape libertario en un aeropuerto? Las luces incandescentes de los aviones, que relampaguean intermitentes, iluminan a estos hombres que parece que jugaran a la persecución en el paraíso, donde son libres, se atrapan, huyen y se matan eternamente. El final, único, esperanzador, pues, como parece que últimamente lo veo en todos lados, la muerte es liberación. Para el policía, el intento de muerte de la hijastra es la evidencia de que alguien le ama, no importa cómo sea. Para el caso concreto de Neil, la muerte, aunque le aleja del amor de pareja, le regala un inesperado amigo; es el precio que debe pagar para legitimar su ser en tanto que se libera de todos los límites y dignifica su manera de existir.





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