Barbie: la perversidad de los discursos

 


Ayer hice lo que nunca había hecho: volver a ver una película que, de inicio, no me gustó. Barbie, de Greta Gerwig. La primera vez que la vi me pareció una película predecible en su discurso, políticamente correcta, por esa tendencia que hay hoy entre tanta producción que le escribe a todos para quedar bien con todos. Y, sobre todo, una película simple que pretende ser para niños y adultos. Simple y sosa en su propuesta de ubicar a los personajes en dilemas humanos con aparente profundidad, que resulta limitada; y cuyas dimensiones son estáticas: dramas trillados, lugares comunes de demandas capitalistas.



En la segunda vista, encuentro en esos aspectos críticos, que identifiqué la primera vez, un elemento perverso. La perversidad de la mega corporación de la industria del juguete que se observa a sí misma para validarse y legitimar la comercialización de discursos mediante sus muñecas. El discurso no es de Matel ni de Greta, es un discurso que se viene cocinando desde que la hegemonía política se dio cuenta que no hay nada más mercadeable que la noción ambigua de los derechos y las libertades. Simplemente la marca y la directora están comprando ese discurso, lo están pagando para poder añadirlo como la experiencia y el concepto que se adquiere con sus muñecas/sus películas. Y ese es el problema en el que caen los discursos, con el tiempo: son tan maleables y adaptables a cualquiera, incluso para defender cosas contradictorias. Los discursos son como una muñeca.


A Zizek lo tratan de loquito, pantallero y contradictorio, pero si en algo ha apuntado con claridad y sagacidad es a identificar cómo se filtra las formas de hacer política posmoderna en nuestra cotidianidad. El esloveno ha insistido en que el poder político posmoderno es cínico. No teme decir lo que desea descaradamente: “deseo el poder a toda costa, a costa tuyo que votas por mí”, “miento y te engaño y eso te gusta”. Con Barbie pasa lo mismo, nos dice frontalmente lo que pretende: “te mostraré un discurso democrático y progresista para que compres mis muñecas/hagas taquilleras mis películas y sientas que estás representando una lucha, que estás educando a tus hijos, y para que te sientas más responsable socialmente y regreses a casa complacido con tu alto nivel moral”.



Lo que importa es causar desconcierto y agrado para estar dentro del medio, porque estar dentro del medio es tener poder. Por eso todos queremos ser vistos, por eso queremos ser un discurso en redes, más que una imagen: el discurso de la salud, el discurso de las libertades individuales, el discurso de la abundancia, el discurso de las libertades de ciertas colectividades, el discurso de la justicia social, el discurso de la justicia animal, el discurso del ambiente, etc.

La impresión que pretende generar Barbie es la del absurdo, busca el terror psicológico que causa The Truman Show: refleja cómo somos todos personajes prefabricados, física, emocional e intelectualmente en mundos aparentemente perfectos, programados y predecibles. Lo prefabricado de los lugares, de los gestos de los personajes, la figura física de Ken, la rutina de ese mundo, causan náusea y claustrofobia y en ese sentido Gerwig fue hábil en su diseño de arte. Sin embargo, es una sensación que se camufla y se disipa rápidamente en la futilidad de su naturaleza: sigue siendo una industria de juguetes que se exhibe en la mejor vitrina que existe, sigue intentando ser una película para el entretenimiento de los niños. Me pregunto si este efecto desconcertante y ambiguo es percibido, como tal, por la mayoría del público; al menos por las niñas que vieron emocionadas la película pues presenciaban cómo la muñeca más famosa del mundo adquiría piel y humanidad. Por eso me parece perverso. Porque lo que aparentemente es crítico se muestra con trivialidad y, peor aún, como algo que tiene solución o que puedes terminar aceptando si cantas y bailas graciosamente. Todo en Barbie Land es abrumador y angustiante, su estética lo resalta, pero la película busca embellecerlo, diezmarle el horror. Está bien estar en un mundo matriarcal de muñecas.



La película tiene un acierto pues parece apuntar a un problema clave con sutileza. Estamos sometidos a los medios; somos vigilados, perfilados, regulados, estimulados, castigados y perdonados por ese gran hermano hegemónico, global, omnipresente. Somos producidos, día por día, por los medios. Y lo necesitamos. En su mundo, Barbie se autopercibe perfecta, empoderada, capaz, con derechos y autonomía, pero cuando sale al "mundo real" se da cuenta de que la fortaleza que le da su discurso es infértil. Cuando se da cuenta de que en el mundo real los discursos son eso, argumentos y conceptos que se repiten como sus días triviales y sin cambio ni efecto, como sus días en Barbie Land, entonces entra en crisis.



Sin embargo, el problema de la película es que cuando el mundo real, que Barbie descubre, busca mostrarse con mayor complejidad, también cae en la trivialidad con su velo de tranquilidad, de regocijo y sonrisa, para aliviar la angustia y el desconcierto. El mundo real es tan simple como el de juguete, es un mundo real donde hay comedia y el mayor drama es el de la propia Barbie siendo rechazada por… sí, a través de otro discurso. En este mundo, vemos cómo el discurso patriarcal se traduce, de la manera más llana posible, en que el deseo de los hombres está basado en el poder, los carros, los caballos, la rudeza y la cosificación de lo femenino (como si hubieran buscando la versión más sancochada y básica de Freud para hablar del deseo masculino). Las secuencias de los jefes de la corporación de Matel persiguiendo a Barbie son de las actuaciones más patéticas e innecesarias del cine de Hollywood que tienen la pretensión de construir una idea de los hombres como seres estúpidos. Una visión maniquea de los hombres, de las limitaciones históricas de las mujeres, y una visión maniquea de lo que no es correcto. Todo ello dirigido a un público infantil es pura subestimación de la capacidad crítica de un niño.



La película es trivial de inicio a fin. Que la escena inicial sea un guiño a una película que habla con profundidad y complejidad sobre la violencia humana como móvil de la inteligencia, como es Odisea en el espacio, para asemejar al conocimiento con la “emancipación” que promete la idea de la muñeca Barbie es el colmo de lo pop siendo suave, divertido y agradable. Recuerdo tanto a Byung-Chul Han cuando afirma que la belleza contemporánea es una que no deja herida, ni huella ni trauma. No, cuando, al final, Barbie Land queda conectada al “mundo real”, sin explicar muy bien cómo ni por qué, el mensaje es: “llorar te hace bien”, “reír te hace bien”, “bailar te hace bien”, todo te hace bien porque “en el mundo no hay nada que realmente te pueda hacer mal”, en el mundo no hay nada que cause dolor, porque del dolor, como dice claramente el discurso de moda, “del dolor hay que sanar aceptando”.

De fondo, también hay una necesidad muy gringa, no tan oculta, de tratar de hacer pedagogía, no solo dirigida a los adultos, sino a los niños. Eso es perverso. Las películas se convierten en verdaderas sesiones de exposición sobre qué es el patriarcado, qué es la lucha de la mujer, las identidades, la vida, la depresión, entre otras y cómo hay que sentirse al respecto. Siempre hay que sentirse bien, por cierto. Siempre el cine gringo haciéndonos el favor de orientarnos a través de películas taquilleras. Gracias gringos.



La decisión de Barbie ante su descubrimiento del mundo real es dejar de ser la cara vinculada al discurso y convertirse en individuo. Pero Barbie, el concepto de la muñeca, sigue y seguirá existiendo porque es un discurso. Para eso pagó Matel a una de las directoras más importantes del momento, y por eso se hizo una superproducción que tenía que competir con la ganadora de todos los premios. La que vemos al final, es a una “mujer real”, aparentemente no estereotípica –pretender ser una “mujer real” también es estereotípico; hoy luchamos incansablemente por no parecer un estereotipo- yendo al ginecólogo. Sin embargo, el estereotipo no muere, pasa a ser reemplazado por otra muñeca-mujer emancipada libertaria en el mundo de plástico que es Barbie Land. Un mundo perfecto, con claros problemas políticos librados por la disputa entre géneros que, aparentemente pasó por una crisis, una rebelión y una reorganización y que, al final, es totalmente olvidado. ¿Por qué? Eso resulta sospechoso. ¿Será porque un mundo basado en discursos es insoluble y ningún guion aguanta un vacío tan descarado? Al final, no le quedó de otra, a Greta, que quedarse con el “mundo real” simple, que se inventó, donde podía poner a su visión de la mujer haciendo algo con cierta humanidad para poder darle algo de profundidad a ese set de juguete que es su película.



El cine es el artifició más bello jamás creado, y también uno de los más peligrosos. Estoy repitiendo ideas de Benjamin, de hace casi cien años: el cine es una de las principales herramientas de programación masiva y el difusor por excelencia de discursos hegemónicos, de esos que se pueden comprar a la salida de la sala de cine, como una muñeca.

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