Fallen leaves (2023): amor, cine, música y esperanza para un mundo en guerra



 A cincuenta minutos de estar viendo Fallen leaves (2023), la última película de Aki Kaurismaki, ya se acumulaban ideas en mi mente sobre lo que quisiera describir sobre esta: la primera impresión, la paleta de color; la segunda impresión, la precisión sobre las secuencias; la tercera impresión, la selección musical; la cuarta, la actuación; y así se fue taponando esa zona de la mente de donde provienen las ideas. La mente se puede quedar taponada por días, por meses, y las ideas se van convirtiendo de aves en bloques de cemento inquebrantables, a veces tan tiesos y resecos hasta perder el alma. Y a la imposibilidad de devolver los bloques a su forma original de aves, se le suma a la frustración, la vida con sus accidentes y sus devenires y con esas situaciones en extremo pueriles, pero tan ineludibles, como la pérdida del trabajo y su subsecuente, como innecesaria, búsqueda de empleo y actualización de hoja de vida. Situaciones tan pueriles que da un poco de repulsión escribirlas en un texto que quiere ser sobre las impresiones que me dejó esa oda tierna y acompasada al amor, al cine y a la esperanza como es Fallen Leaves.

Pero esta película está llena de esas situaciones que, dentro de mi vida, me provocan aversión. Dos personas que deben encarar, como sea, necesidades, tanto las naturales necesarias como las innaturales necesarias -según la clasificación de los estoicos-: tener un empleo de mierda; perder ese empleo de mierda para buscar otro; robarse esos productos vencidos de los estantes para darles un segundo chance en el estómago combativo del que vive con un sueldo que alcanza para el día; intentar levantar unos pesos para salir a tomarse una cerveza el fin de semana; encontrarse, al llegar a casa y encender la radio, que hay lugares en el mundo donde están en guerra y recordar que el mundo es un espacio absurdo y feroz donde otras personas están pasando peores aversiones que las nuestras...



Sin embargo, a través de la mirada armónica, estética y nostálgica de Kaurismaki lo repulsivo que hay en mi vida se ve, en sus personajes, en su narrativa y en su universo, como aquello que los convierte en héroes y reyes, en seres únicos provenientes de un sueño y de una fantasía, de la infinita imaginación infantil, de la libertad creativa, como salidos de una película de Charles Chaplin. El motivo por el que sucede esa transformación de lo desdeñable a lo entrañable tiene que ver, como he dicho, con ese efecto transformador de la mirada artística que el director finlandés traduce en el lenguaje del cine.

Una mujer que limpia mostradores en un supermercado, y que se roba los productos vencidos para convertirlos en su cena es una reina digna y una guerrera azulada y carmesí que, con cada una de sus decisiones, se burla del sistema que impone el progreso, los sueños de crecimiento y las ínfulas de la ambición académica, económica o laboral como síntomas de lo que es vivir bien. Ansa pelea sus batallas y triunfa cuando demuestra la estupidez sobre la que se sustenta cualquier norma laboral (desde no robarse lo que ya no se puede comer, como tener que esperar a tu jefe encerrada en tu casa todo el sábado en la mañana solo porque así se le dio la gana a él que debía ser), triunfa cuando transita de empleo en empleo sin mayor deseo que poder pagar el recibo de la energía, cenar, mantener a un perro adoptado y leer en las noches, triunfa cuando no duda en esperar, en la entrada de las salas de cine, a ese hombre que le gusta y que la atrae, triunfa cada día que elige vivir sus miserias e ironías. Ella es mi personaje modelo y mi heroína.


Justo, la secuencia de la que me prendería para hablar, en general, de la manera como Kariostami piensa los hechos es el momento en que despiden a Ansa luego de que el arquetípico vigilante puede demostrar que ella roba comida vencida y de que, además, permite que un hombre que pasa por hambre, se lleve algunas cajas de leche que han pasado su vigencia para la venta. Se trata de una secuencia que es toda una alegoría del sometimiento en el que están inmersos los individuos dentro de un contexto laboral donde el superior y el subalterno obedecen a la lógica de ser producido, exhibido –puesto al servicio de otro– y vigilado hasta el momento que sea consumido o que deba ser desechado. Ansa y sus compañeras de turno son otras cajas de leche. La escena se construye en un montaje con un ritmo constante y pausado de planos contra planos que insisten en el rol que cada individuo debe cumplir: el supervisor, quien es el peso de la ley y del juicio -puesto en primer plano priorizando su poder, escoltado por el vigilante-; el vigilante, que recuerda a los policías de películas como El chico o en The cameraman, triste caricatura del prototipo de la fuerza de la ley, ciega e instrumentalizada; y las tres subordinadas organizadas en plano compuesto, que muestran la unidad y la comunidad en una triada política y libertaria. Unidad que se soporta, también, en el rosa y el amarillo pastel de las dos compañeras de Ansa, quienes la contienen y la respaldan, con ternura, en un despido que se convierte en una renuncia colectiva.



En esta película las cámaras casi nada o nada se mueven, permanecen quietas y persisten los primeros planos y los planos medios, siempre insistiendo en lo personal, en la belleza de ser un humano transitando la vida. Las escenas de Ansa viajando en el tren cuando va al trabajo o a visitar a Huotari tienen la misma composición y el gesto pausado pero expresivo de la heroína. El montaje está siempre al servicio de mostrar la emoción genuina de cada individuo procurando dar lugar al diálogo de palabras solo cuando este resulta esencial, de resto, priman los planos contra planos, los gestos y la mímica tan propia del cine mudo, porque Fallen Leaves es, también, una carta de amor a la creación cinematográfica cuando su principal recurso es la imagen sin sonido, siendo Chaplin el poeta que alcanzó la máxima expresión del recurso visual.




La paleta de color es versátil y transita armónicamente entre los colores fríos y los cálidos, los pasivos y los activos. En general, se trata de una elección que le da cohesión a toda la narrativa y que nos permite experimentar la miseria o la alegría, la ternura y la ira, la rabia y el afecto de manera contenida pero vibrante.

Los colores también nos permiten adentrarnos, desde la intimidad, a los personajes: la habitación y el vestuario de Ansa están compuestos por verdes fríos y rojos cálidos, lo que hace pensar en su sensibilidad artística, su audacia para mirar, la cual se expresa con sinceridad y sencillez a través de la decoración de su apartamento o cuando interpreta una película sobre zombies. El sino de muerte de Holappa le lleva a vestirse de negro; a veces, incluso, viste traje elegante, siempre preparado para abandonar el mundo. Y los colores de Huotari son activos, amarillos, verdes, rojos intensos, siendo él la cuota vitalista de la película, el Nietzsche encarnado en obrero, siempre afirmando lo que puede ser, cantante y bailarín, amante y perseguidor.




Un hombre que se reconoce en su depresión, y que la absorbe con alcohol para poder estar en el trabajo, es un héroe por el simple hecho de sentirse conmovido ante la vida y de ceder al amor como última esperanza. Un amor que nace en un bar y que se condensa en una sala de cine. Porque la sala de cine, tanto en su interior como en el exterior, es el espacio donde los amantes pueden encontrarse entre las luces y las sombras, donde pueden esperar el milagro de volverse a ver, y donde se juegan las esperanzas de sentirse unidos: ella de encontrar una figura masculina que supere la herida que deja el padre alcohólico, y él, la superación de su depresión, el encuentro de otra forma de vida.


    


Y alrededor de estas personas está el mundo con sus fábricas, sus calles y su guerra. A expensas de los momentos de felicidad que hay en vivir esos instantes de placer del enamoramiento en una cita, o los que dan los espacios para ver y hablar de películas con otras personas, o los de disfrutar de la música –en un karaoke, en un concierto, escuchándola mientras caminas–, está la maldita guerra que sale por la radio –también por las pantallas de los celulares, los computadores, los televisores– y nos recuerda que estamos pasando por esos momentos de felicidad, o que vivimos en una cierta tranquilidad, cuando otros deben afrontar el horror, la agonía, el desastre, el absurdo.



Y esa es otra lucha que enfrentar, la de intentar mantenerse cuerdo y elegir la vida aun cuando todo afuera es demencial e incoherente. Elegir la vida es darle chance al amor, es subirse al escenario y cantar, es encontrarse en la sala de cine y esperar a aquel que te escucha y que te comparte aquello que ve en las películas, es decirle sí a la vida con todo y sus hilarantes formas de cruzarnos, de alejarnos, y de darnos esperanza cuando todo en el mundo está perdido.



Otro hombre que aspira a grabar, alguna vez, un disco con sus interpretaciones, es mi caballero porque vive en la fe de su propósito a costa de una realidad que se mantiene inalterable. Ese hombre es la música y es el arte en vida.




La música, como el cine, también es protagonista en la película pues ocupa una lista de canciones específica, todas pop, precisamente seleccionada para cantarle a la esperanza del amor –Serenata de Schuber–, a estar enamorado –Get On de Hurriganes–, a vivir esa angustia del que espera un gesto del amado -Etkö uskalla mua rakastaa (Do You Dare to Love Me) interpretada por Helena Siltala–, o el desespero del que se anticipa al rechazo y a la resignada soledad –Arrabal amargo de Carlos Gardel, mi favorita, sin duda–, hasta pasar por el duelo de la separación -Syntynyt suruun ja puettu pettymyksin, de Maustetytöt, mi descubrimiento musical favorito– y que finaliza con un canto al amor y al romance, con esa posibilidad que nace tras enfrentar los embates de la resistencia y la inseguridad propia del que desea ser amado -Kuolleet lehdet (Hojas de otoño), de Olavi Virta, que fue interpretada en inglés por Frank Sinatra-. Himnos al amor en todas sus etapas, tan necesarios –necesario natural– en esta época para la que Kaurismaki nos trae su amor como hojas de otoño: volver al recuerdo del pasado para darle esperanzas al presente.





The falling leaves

Drift by the window

The autumn leaves

Of red and gold

I see your lips

The summer kisses

The sunburned hands

I used to hold

Since you went away

The days grow long

And soon I'll hear

Old winter's song

But I miss you most of all

My darling

When autumn leaves

Start to fall

 

 

 

Comentarios

  1. Una película muy buena. Haces un acercamiento muy bueno a la música, a los colores, que me recuerdan un poco a Almodóvar y a Lynch, guardadas proporciones. Hay también un humor negro, que aflora en ciertos momentos, y también unas referencias a la guerra actual entre Rusia y Ucrania, pues se menciona en la radio específicamente el nombre del presidente actual de Ucrania. También resalto el análisis que haces sobre la situación obrera y las figuras de autoridad que se disputan unas dinámicas de poder muy evidentes. Finalmente resalto esa misma clase obrera que en lo bares y en el karaoke están como medio muertos, alienados, inmersos en la bebida y un poco decadentes. Y eso da para toda una discusión sobre el panorama político y social que revela el director.

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