Le escribo a la muerte para aceptar a la vida

Con "Vine solita", canción con la que empieza el disco De todas las flores (2022), de Natalia Lafourcade, entendí claramente una idea que llevaba rondando en mi cabeza desde hace unos meses y que, a pesar de las explicaciones que recibí, no había podido comprehender. Fenómenos que me hacen entender que el conocimiento y el aprendizaje son dos cosas que, a pesar de pretenderse unidas, permanecen separadas hasta que uno haga la tarea personal, íntima, de asumir el conocimiento en la vida; porque el conocimiento no se somete a la realidad material del mundo, se presenta ante la vida y en ella se contrasta. Por eso no existe tal cosa como una verdad universal, por eso la verdad de la ciencia o la verdad de las cosas que no son materiales (espirituales, por ejemplo) son irrelevantes si uno no hace la tarea de ponerlas a prueba.



La idea que logré, finalmente, entender desde mi corazón (ese cerebro único y potente que es solo mío, mi forma de comprensión más auténtica) con esta canción de Natalia Lafourcade es que temer e intentar huir, de todas las formas posibles, de la soledad es, de fondo, el miedo a la muerte. Los primeros versos de la canción son de una claridad que desarman: "a este mundo vine solita, solita me voy a morir". Y es, tal cual, el punto de esta verdad universal acerca del miedo profundo que siempre he sentido a estar sola, a quedarme sola, a que "me dejen" sola -lo pongo entre comillas porque es una creencia infundada pensar que nos dejan solos-. Pues en la muerte, por más rodeados que estemos, vamos a tener que vérnosla con la soledad ineludible, desnudos, abandonados del mundo y de la belleza que hay en él, abandonados de la vida humana y las experiencias que tanto nos hacen aferrarnos a ella: " Me aferro a la vida de mí/ Me aferro a la vida de mí, de mí, de mí".




Tememos a la soledad, la evadimos, la rechazamos porque es el vínculo en la vida que más nos aproxima a la experiencia de la muerte, a ese estado en el que parece que nada nos sostiene, que todo se diluye y que flotamos en la nada sin saber si vamos a algún lugar, o si todo se acaba; y también que hace cuestionarnos si algo tuvo sentido. En soledad, lo re-escuchaba recientemente, también estamos más dispuestos a escuchar al corazón, con resignación -porque la soledad se hace, como decía, ineludible- o con desesperación -porque se hace insoportable-; en últimas, porque no tenemos de otra.




Escucharse, casi siempre, es difícil. En la soledad, como en la muerte -supongo yo- no tenemos de otra más que escucharnos de la manera más auténtica y aferrarnos a esa voz que nos habla desde adentro, que nos habla con una verdad cristalina -de la que habla María Zambrano- ya apartada de tanta ilusión, de tanta distracción, del miedo: “Me aferro a la vida antes de morir/ Me aferro a la vida antes de morir”.




En estos días en los que tengo esa sensación de huirle a la soledad, acosada por esos fantasmas que el ego se ingenia para crear de tantas formas, agradezco profundamente a la vida y al arte el que haya llegado a mi vida esta canción y todo este disco de Natalia Lafourcade porque el corazón habla, en la soledad, únicamente para salvarnos, para llevarnos a la verdad única, personal, que hemos venido a experimentar de múltiples maneras. Qué hermosa es la vida, que me permite reencontrarme amorosamente con la sagrada soledad, mediante la música.

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