El abuso de la metáfora es desconfianza en el mostrar
Comentario sobre Oppenheimer, de Cristopher Nolan
También me parece claro que el famosísimo capítulo abstracto de Twin Peaks (T3. P8) tuvo que haber influenciado el concepto visual y sonoro de la película de Nolan. Es ineludible, hoy en día, que un realizador visual obvie el pedazo de capítulo que hizo Lynch.
Oppenheimer se nutrió, siendo muy joven, de la cultura occidental del siglo veinte: veía a sus átomos separarse en el clima, en la pintura de Picasso, en la obra de Stravinsky, en los sueños (esos resquicios inatajables del inconsciente colectivo)... él fue una ficha más en ese rompecabezas inacabable de la historia de las ideas, que es más poderosa que cualquier filosofía libertaria.
Y sí, eso ratifica una idea a la que autores como Jung o Foucault, o que la neurociencia, se han aproximado (cosa nada nueva para la filosofía oriental): el libre albedrío es poco más que un limitado espacio de acción del yo racional. Y eso que califican despectivamente de determinismo es la manera más clara en la que podemos pensar las decisiones humanas vistas desde lo micro o lo macro.
Por eso Oppenheimer plantea de manera seria, objetiva y profunda el dilema ético de la ciencia del siglo XX y de nuestros días: cada cual debe hacer lo que se ha preparado para hacer y, en esas, puede buscar disminuir el daño. ¿A quién se responsabiliza de una situación cuyo entramado se fue entretejiendo, hilo por hilo, durante un largo pretérito? ¿A quién vamos a responsabilizar por las consecuencias del uso de la inteligencia artificial? Gracias a Isabel González por aclararme precisamente esto último el día que vimos y charlamos la peli como Dios manda.
Todo el elenco de Oppenheimer está cuidadosamente elegido, con todo y que en Hollywood las actuaciones se deciden según la batalla campal de agentes de famosos (managers). De todas las actuaciones, que todas son soberbias, la de Matt Damon y la de Robert Downey Jr. fueron mis favoritas. Totalmente inesperado para mí, pero satisfactorio, que esos dos actores se hayan esmerado tanto por salir de esa etiqueta con la que ya los tenían amarrados en Hollywood.
El tema del guion y el montaje de la película evidentemente está mejor logrado que en la pobre TENET (2020). Sin embargo, o soy yo, o hay un exceso de cortes y de imágenes que pienso que el Nolan de Memento (2000) o El gran truco (2006) hubiera resuelto mejor.
Cillian Murphy nunca, nunca decepciona. Es lo único que diré sobre este señor actor que, con Oppenheimer, se ganó la otra parte del corazón que me dejó después de que me arrebató medio cuando lo vi en Peaky Blinders (2013-2022).
Estoy conflictuada con varias escenas de la película, aquellas en las que, a pesar de la calidad de la actuación, del montaje, de los planos y efectos de las cámaras, en fin, a pesar de toda la construcción de la escena, Nolan no puede evitar hacer lo psicológico obstinadamente visual, como si las metáforas no le bastaran, como si hubiese una desconfiada resolución de los problemas que formula mostrar la subjetividad. Desconfianza que cae en el exceso del mostrar, como le pasa hoy a los artistas plásticos contemporáneos quienes, resueltos a intentar mostrar lo que está vacío, recurren al relleno de lo predecible. Me refiero a esas bombas nucleares internas, a esa desnudez humillante de la vergüenza en las que queda esta sensación empalagosa que deja el exceso.
Todo el elenco de Oppenheimer está cuidadosamente elegido, con todo y que en Hollywood las actuaciones se deciden según la batalla campal de agentes de famosos (managers). De todas las actuaciones, que todas son soberbias, la de Matt Damon y la de Robert Downey Jr. fueron mis favoritas. Totalmente inesperado para mí, pero satisfactorio, que esos dos actores se hayan esmerado tanto por salir de esa etiqueta con la que ya los tenían amarrados en Hollywood.
El tema del guion y el montaje de la película evidentemente está mejor logrado que en la pobre TENET (2020). Sin embargo, o soy yo, o hay un exceso de cortes y de imágenes que pienso que el Nolan de Memento (2000) o El gran truco (2006) hubiera resuelto mejor.
Cillian Murphy nunca, nunca decepciona. Es lo único que diré sobre este señor actor que, con Oppenheimer, se ganó la otra parte del corazón que me dejó después de que me arrebató medio cuando lo vi en Peaky Blinders (2013-2022).
Estoy conflictuada con varias escenas de la película, aquellas en las que, a pesar de la calidad de la actuación, del montaje, de los planos y efectos de las cámaras, en fin, a pesar de toda la construcción de la escena, Nolan no puede evitar hacer lo psicológico obstinadamente visual, como si las metáforas no le bastaran, como si hubiese una desconfiada resolución de los problemas que formula mostrar la subjetividad. Desconfianza que cae en el exceso del mostrar, como le pasa hoy a los artistas plásticos contemporáneos quienes, resueltos a intentar mostrar lo que está vacío, recurren al relleno de lo predecible. Me refiero a esas bombas nucleares internas, a esa desnudez humillante de la vergüenza en las que queda esta sensación empalagosa que deja el exceso.
Basta un ejemplo de cómo David Lynch soluciona, en Lost Highway (1997), el problema sobre cómo mostrar la despersonalización desquiciada de un hombre que comete crímenes entre una pesadilla y otra. [Y ese final con la voz del hermoso David Bowie].
Desde Interestelar (2014) criticaron mucho a Nolan por la sensiblería en la que quería soportar un guion flojo. No comparto esa idea, considero que esta película es la cumbre de la carrera dentro de la industria para este director que sabe cómo hacer películas taquilleras utilizando las mañas de la técnica y la emotividad que Hollywood ha sabido utilizar mejor en unas épocas más que en otras. Sin embargo, en Oppenheimer me parece ver a un director que duda y que cede a la idea de un público enfermo por verlo todo porque no puede fijarse en nada.









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