Inevitable amor, sofocante agonía del deseo: erotismo en "Dolor y gloria" (2019) de Pedro Almodóvar

He visto muy poco cine en mi vida, y de las pocas películas que he visto, la secuencia del baño y el desmayo del niño que sucede en "Dolor y gloria" (2019), la película de Pedro Almodóvar, ha sido una de las escenas eróticas más intensas que yo haya visto hasta la fecha. 

En una secuencia de pura poesía cinematográfica evocamos nuestra primera experiencia, inevitable, del amor, y la sofocante agonía del deseo sexual.



El hermoso discóbolo se baña rodeado de cal marmolea, como si hubiera regresado de la era del mito, como si hubiera cobrado vida de entre las galerías del arte griego y romano, para refrescarse la piel. El intenso calor de Cadiz logró lo que ni la historia pudo: hacer mover la piedra, pintarla de carne y sudor.


Mientras tanto, el pequeño Salvador, esa proyección nuestra en la pantalla, a quien su intensa curiosidad e inclinación por lo bello no lo hace ingenuo ante lo que sucede, elige vivir su primera experiencia sexual mediante la imaginación. Haber consumado la visión del cuerpo desnudo, como un fisgón, no hubiera sido suficiente para él. Salvador, consumado amante de lo bello, sabe que la belleza necesita de silencio, de ausencia, y de lo que no se ve.



Sin embargo, el destino está escrito y el momento del descubrimiento está sobre la marcha. La tensión contra la que el niño había estado sorteando ciega resistencia no se puede sostener más. Apolo, que había dominado la situación (el proceso de alfabetización, las adecuaciones del hogar, blancura de la pintura, el acto mismo del retrato), se pierde irremediablemente en el fuego y la humedad: al niño no le queda otra cosa que recostarse en su cama. Dioniso se hace presente en un juego de luz y sombra, de planos detalle y planos generales con primerísimos planos: empieza la bacanal del ansia.

Turbado ante la excitación del cuerpo, que le imprime de sangre desde la camisa que usa hasta las mejillas, Salvador visualiza, doblegado en la cama, mirando al suelo, cómo cae el agua y humedece la piel de la deidad griega que tanto anhela.

Blanca humedad, roja tensión. Los órganos sexuales en su expresión fisiológica del apetito del cuerpo pueden evocarse en las posturas de los cuerpos: hombre de pie, mojado; niño acostado, febril.


Y, por último, la entrega y la visión completa del ser amado. Trastabillando en la oscuridad para acercarle una toalla al bañista, Salvador se asoma desde lo profundo de la catacumba y observa con claridad, en toda su colorida forma, el cuerpo, el objeto de su deseo. Y cae extasiado. Es el último estadio de la pesadumbre. El destino se ha completado: Salvador se hace consciente de cómo y qué ama. Condena del hombre: la causa de su dolor, inspiración que le da gloria.

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